Flexibilidad frente a opcionalidad en el empleo

El cambio social que se ha producido en nuestro país en los últimos años es sencillamente asombroso. Echando la vista atrás, nos damos cuenta que nuestros padres tenían una profesión que desarrollaron a lo largo de toda su vida, cambiando, a lo sumo un par de veces.

Además, por lo general su trabajo se realizaba siempre en el mismo lugar y con un horario más o menos constante. Pues bien, eso ha desaparecido, al igual que lo han hecho las jornadas de sesenta horas o los empleos de por vida. Y esto, nos guste o no, es una consecuencia directa de los cambios que se han producido en nuestro mercado de trabajo. Cambios que, en la mayoría de los casos, están provocados por la aparición en el último tercio del siglo pasado de las tecnologías de la información y las comunicaciones, y que en el resto de casos debido a los cambios sociales, culturales y políticos facilitados por la implantación de la llamada «sociedad de la información».

Como señala Boes, el acceso al mundo real se da cada vez más a través del mundo informático y la capacidad que tengamos de movernos entre la virtualidad será un claro indicador de nuestra capacidad para desenvolvernos en el mundo real. Podemos pensar que tampoco ha cambiado tanto el mercado laboral, pero eso se debe a que pensamos en la semana pasada y no en hace un par de décadas. Si contemplamos el mercado laboral de los ochenta, no distaba mucho de 20 años atrás. Sin embargo, la forma en la que se trabajaba en esa década nos parecería, a día de hoy, algo completamente obsoleto. Absolutamente todas las estructuras propias de la época industrial se han resquebrajado ante el cambio provocado por la Sociedad de la Información.

La «flexibilidad» ha aparecido en nuestras vidas sin que supiéramos muy bien su significado, al menos hasta que nos dimos cuenta que llevaba asociado que nos pudiéramos ver en la calle con una mano delante y otra detrás. Pues bien, nadie puede acabar con la flexibilidad, porque esta es una condición lógica de la actual situación del mercado. Las nuevas relaciones laborales surgidas se expresan en tres tendencias fundamentales. Por un lado, hay una creciente heterogeneidad en las formas de empleo. Es decir, han aparecido formas de contratación a tiempo parcial que no garantizan el sustento de una persona –y menos de una familia–, en los que en muchos casos no se especifica las horas de realización de la tarea, y en la que se puede variar la jornada laboral con una simple ampliación de jornada. En este escenario, hay un buen número de trabajos que carecen de las más mínimas protecciones sociales, contratos que no cotizan desempleo, contratos de formación, etc.

Por otro lado, el aumento de lo que se da a conocer como «precariedad laboral» hace que a día de hoy, sea fácil encontrar a un profesional de veintipocos años que haya recorrido una docena de empresas, desempeñando una docena de puestos diferentes. Esto provoca en primer lugar, una dispersión en el historial del trabajador, pero también un buen número de entradas y salidas en las listas del paro. Evidentemente esto es un problema menor cuando afecta a un chaval de veintipocos años, pero ¿qué ocurre cuando le pasa a un trabajador de 50 con una familia a cuestas?.

Por último, podemos hablar, aunque brevemente, de una constante en los gobiernos de todo el mundo. Nos referimos a lo que Yañez, Medel y Díaz llaman «la pérdida de fuerza reguladora y protectora del sistema normativo institucional», y que se concreta en una creciente diferencia entre lo que es normal en el mercado de trabajo y la protección social de que gozaban los trabajadores anteriormente, con lo que según los autores «se abren nuevas vías de inequidad social».

Como hemos señalado, la flexibilidad existe y es algo necesario para el funcionamiento de la economía actual. Sin embargo, las medidas flexibilizadoras se han impuesto de espaldas a la sociedad durante los años de bonanza y ahora que la deceleración de la economía es inminente, no parece que la protección social vaya a mejorar.

Podemos distinguir entre los dos conceptos que dan título al artículo. Flexibilidad nos habla de los procesos dirigidos a fomentar la adaptación de la empresa al mercado, y a los propios cambios internos provocados por el desarrollo tecnológico, mientras que por «opcionalidad» entenderíamos las medidas que partiendo de las necesidades e intereses de los trabajadores fuera del ámbito laboral, y que han de ser compatibilizadas con las estructuras del trabajo remunerado.

Anteriormente hemos afirmado que la flexibilidad era necesaria. Pues bien, la opcionalidad también lo es, aunque a la vista de la situación actual parece que obviamnos esta necesidad y damos más valor a otras alternativas que por sí solas son capaces de hacer muy poco por la sociedad —¿qué les parecen los 400 euros de Zapatero o la paga a las madres trabajadoras? ¿De qué sirve una paga, si no hay un trabajo que puedan compatibilizar con el hecho de ser madre? ¿Para qué quiere un empleado estabilidad si ello no lleva asociada algún tipo de garantía?–.

Es obvio que la flexibilidad en el mercado de trabajo es una necesidad, pero no es menos obvio que una sociedad en su conjunto no puede ser la perjudicada por ello. Por tanto, es necesario estandarizar en la medida de lo posible lo que se puede y lo que no se puede hacer, y retornar al empleo algunas de las funciones que tubo y que a día de hoy ya no posee. Es decir, un empleo que vuelva a ser la fuente más importante de ingresos de la familia, que se convierta en la base de la protección social del trabajador, que procure estatus y reconocimiento social, y que sea el principal medio de integración de los ciudadanos.

Muchos de ustedes pensarán que quizá este no sea el mejor momento, pero es precisamente nuestra alta tasa de precariedad la que ha creado un sistema productivo apoyado en los bajos salarios y no en la alta calidad. Quizá sí sea este el mejor momento para cambiar.

 

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