La persona, más allá del factor humano

En la cruzada por conquistar la competitividad se han barajado muchos factores, entre los que se encuentran el apartado financiero, el control de los medios de producción más avanzados o incluso la gestión de los recursos humanos. Sin embargo, la competitividad sigue siendo tan esquiva como casi siempre y el motivo reside en que el tiempo no siempre es tan dilatado como parece.

Incluso aquellas empresas más sólidamente establecidas en el mercado, aquellas que cuentan con grandes profesionales y con ejecutivos muy capacitados se pueden ver contra las cuerdas ante un capricho del mercado. Por tanto, más allá de la cualificación profesional y más allá de la inversión en desarrollo de una compañía, el verdadero quid de la cuestión consiste en lo que se ha venido a llamar el factor humano. No nos estamos refiriendo a un factor humano que tiene una grandísima especialización o muchos conocimientos teóricos, nos estamos refiriendo a personas que poseen mucha capacidad de adaptación a un equipo de trabajo, a un liderazgo efectivo que sepa conducir a esos equipos hacia la consecución de objetivos concretos y que, al mismo tiempo, disponga de la capacidad para ver que está ocurriendo a su alrededor, cómo está reaccionando el mercado y que cambios se vislumbran en el horizonte.

Este factor humano al que estamos haciendo referencia es el que necesita una gran empresa como General Motors en una situación como la actual. Podemos pensar que las pérdidas de General Motors, que van a ocasionar el despido de miles de trabajadores en todo el mundo, son coyunturales, que responden a la situación del mercado, que se deben a la falta de idoneidad de sus modelos o cualquier otra explicación, pero lo cierto es que esa gran empresa, con esos sofisticados sistemas de producción, con esa increíble capacidad financiera, con esos profesionales tan cualificados y con una red de distribución que para sí quisieran la mayor parte de sus competidores no es competitividad. Y su falta de competitividad se produce por una incapacidad para entender que está pasando en el mercado y no por una incapacidad para generar buenos productos.

En un entorno macroeconómico como el actual, en el que la única garantía es que seguirá existiendo incertidumbre, la capacidad de cambio de una organización es crucial y para ello, las empresas más competitivas serán las que sean capaces de adaptarse al nuevo escenario con una mayor velocidad. Este cambio no depende únicamente de disponer de profesionales con gran capacidad de evolución, también implica una serie de actitudes positivas hacia el cambio en el seno de las empresas. Y es aquí precisamente donde hemos tocado hueso. Si hay algo que caracteriza a las empresas tradicionales en nuestro entorno es que carecen de esa actitud positiva. En muchos casos cuentan con profesionales extremadamente especializados, con asesores que les orientan sobre las variaciones que puede sufrir el mercado y con datos objetivos sobre la evolución que aconsejan un cambio en los productos, en los sistemas productivos, en los procesos internos o en la comunicación empresarial. Toda esta información, todo el fruto del talento de la organización, no solo no se tiene en cuenta, sino que en muchos casos es despreciado, encontrándonos con situaciones kafkianas en las que las luchas internas por el poder, la falta de personalidad y la ausencia de una cultura de trabajo colaborativo nos conducen a que las ideas de cambio no solo sean desdeñadas, sino que en muchos casos sean también perseguidas.

Así pues, en lugar de tener toda una empresa con sus ojos, sus oídos y sus cerebros tratando de identificar lo que está ocurriendo en el mercado, nos encontramos con empresas en las que unos gurús son los que saben exactamente que pasos hay que dar y como darlos, aniquilando todo resquicio de creatividad y evolución de la compañía.

Existen múltiples profesionales con talento y motivación para generar nuevas ideas, existen personas que son capaces de tomar decisiones arriesgadas y cambiar por completo una organización pero, por desgracia, estas personas en muy pocos casos son las que deben tomar las decisiones y lo más curioso de todo, precisamente en las empresas en las que sí son los responsables de la dirección de la compañía, es donde menos necesitan tomarlas.

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