El triunfo de la gestión gris frente al talento

La situación del mercado laboral es distinta a la de hace una década y eso es algo que muchas empresas no han acabado de entender. Diez años atrás, los candidatos se esforzaban al máximo para agradar a las empresas y eran estas las que tenían en su mano buscar, seleccionar y contratar a los empleados que consideraban más capacitados para un determinado puesto. En poco más de una década hemos pasado de tasas de desempleo superiores al veinte por ciento a situaciones como la actual en la que hay sectores enteros que viven en el pleno empleo. El problema surge con el cambio de actitudes que encontramos entre los trabajadores. Ahora ya no tenemos cientos de curriculum sobre la mesa para elegir a un empleado, ahora son los trabajadores los que deciden marcharse de la empresa, en este momento la empresa necesita más que nunca mano de obra capacitada, pero ahora más que nunca muchas empresas pagan por los excesos cometidos con sus trabajadores años atrás.

Tanto si uno bebe en los argumentos de Pizarro, como si lo hace en las de Solbes, parece más o menos claro que la tormenta está en el horizonte. Tanto si llueve como si no, vienen tiempos convulsos y es precisamente ahora cuando las compañías necesitan a su lado a los profesionales más capacitados y a los mejores proveedores. Pero es también ahora cuando resulta más complicado que nunca contar con los servicios de esos perfiles profesionales en nuestra empresa. Todo acaba pasando factura y es precisamente en una situación como la actual cuando salen a la luz las prácticas más o menos éticas, el trabajo mejor o peor hecho y las situaciones más o menos comprensibles en nuestras relaciones laborales.

El verdadero problema surge cuando ponemos bajo el microscopio a empresas que consideramos sólidas y nos damos cuenta que la bonanza continuada en la situación económica ha enmascarado una situación de mediocridad en la gestión.

Tantos años de buenos resultados ha causado un efecto perverso en muchas empresas. Obsesionados por mantener el ritmo de crecimiento y respaldados por algunos indicadores favorables -liderazgo relativo, incremento de la distancia con los competidores, mejora de los resultados, etc.-, muchas compañías han dejado escapar las auténticas posibilidades de expansión. Con la bonanza económica que hemos vivido, con los índices macroeconómicos tan favorables que hemos tenido, todas aquellas empresas que no hayan dado un salto cualitativo en esta década han dejado escapar una oportunidad de oro, que ya veremos si se vuelve a presentar.

Estos buenos resultados, aunque parezca paradójico, son los que enmascaran una gestión que como mínimo se puede calificar de pobre y lo más grave es que las personas grises, asumiendo un rol de administrador y no de creador de riqueza, han frenado la expansión de la empresa. Estas empresas, a lo largo de todo este tiempo, han ido dilapidando su capital humano, viendo como los mejores acababan dando el salto a otras empresas y como únicamente los segundos espadas estaban disponibles para cubrir esas vacantes… Y el verdadero quid de la cuestión consiste en que esas personas, que posiblemente sí fueran muy válidas en su rol secundario, carecen de las habilidades necesarias de gestión y de la capacidad de análisis y creación de riqueza que se les presupone en sus nuevos puestos. Realmente, ante la disyuntiva entre abrir de par en par las puertas de la organización para captar a nuevos valores o cerrarlas para dar apoyo a los que ya se encuentran dentro de la organización, las corporaciones han optado en muchos casos por medidas endogámicas basadas en la comodidad, el ahorro de costes o la familiaridad, que únicamente les han conducido a agravar la situación.

La cuestión, es que por debajo había otros puestos a cubrir y esos sí se cubrían, y en muchas ocasiones con profesionales mejor cualificados para desempeñarlos que sus superiores, y en otras muchas ocasiones con chavales recién salidos del horno que, cobrando una miseria, debían hacer su trabajo y el de sus superiores. Pero, en esta situación -quien sabe si debida a la llegada de la generación Y al mercado de trabajo, por comodidad, por conformismo o por mediocridad- se ha producido otro hecho curioso. Los que debían aguantar lo inaguantable no lo han hecho, simplemente se han ido a buscar trabajo en otro lugar, han cambiado de aires y han dejado a muchas empresas rotas por arriba -una cúpula directiva con escasa capacidad de gestión- y por abajo -con ausencia de profesionales cualificados que permitan mantener la competitividad de la empresa-.

Ahora, cuando el talento es más necesario que nunca, muchas de estas empresas que han despreciado a los candidatos, a los empleados y a los proveedores se ven obligados a abrir puertas y ventanas para eliminar el olor a rancio que han dejado tras de sí años de gestión empresarial endogámica. El problema reside en que los jóvenes talentos que desean progresar en el mundo profesional y el de la empresa no se sienten en absoluto motivados para aportar su capacidad profesional a este tipo de organizaciones que se han ganado a pulso el desprecio de sus clientes, sus proveedores y sus empleados. La responsabilidad de captar a estos potenciales candidatos recaerá una vez más sobre el departamento de recursos humanos, al que no valdrá pintar las paredes o cambiar la decoración para convencerlos. Para afrontar con garantías el futuro las empresas tendrán que desprenderse de esa imagen “cutre” que han ido labrando a lo largo de los años. Y lo que es más duro, la labor de “ventilar la casa” no servirá absolutamente de nada si previamente no han eliminado de raíz el origen del olor a podrido.

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